Visita a As Salgueiras

La llegada a As Salgueiras se produce a través de un túnel vegetal formado por árboles autóctonos que se cierran sobre la carretera. Es claramente un umbral que nos separa de nuestro mundo habitual y nos predispone a llegar a un lugar especial.

Una vez dentro nos dimos cuenta de cómo el ambiente de oficina, las preocupaciones por los horarios y fechas de entrega se desvanecían, convirtiéndose en el sitio ideal para tener una reunión informal y distendida con los técnicos que nos visitaban aquella semana. Con un café, sentados a la sombra de los grandes árboles las conversaciones fluían a lo largo de la mesa.

Más adelante pudimos hacer una visita al conjunto de As Salgueiras. Entre la vegetación naturalizada, las colinas suaves, los arroyos y las ruinas de una antigua aldea parecía un paraje de cuento. Pero nuestra parte favorita fueron sin duda los animales: en primer lugar la manada de perros que nos acompañó jugueteando y correteando sin parar a nuestro alrededor durante toda la visita, en segundo lugar las vacas y terneros, que no nos perdían de vista y nos observaban con curiosidad. Pero con quien más disfrutamos fue con los caballos.

En mi caso, era la primera vez que veía caballos tan de cerca y me costó un rato acercarme a tocarlos con calma. Su gran tamaño impone, haciéndonos sentir respeto y reverencia hacia esos nobles animales. Se notaba que estaban acostumbrados al contacto con otras personas y que incluso lo disfrutaban, pues abandonaron su cómoda sombra para venir a saludarnos. En un momento, cuando estábamos acariciando a los caballos sentí un leve empujón por la espalda: era el burro, que reclamaba nuestra atención y parecía decir: “¡yo también quiero!”.

De camino al coche, relajados y con una sonrisa en la cara, hablábamos de que habíamos podido experimentar en nuestra propia piel uno de los valores de Galopín: la biofilia, y cómo el contacto con esa naturaleza pura nos había sentado tan bien y el tiempo parecía haber transcurrido a otra velocidad, suave y calmado como el viento que mecía las copas de los grandes árboles.

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The arrival to As Salgueiras takes place through an indigenous tree tunnel grows over the entrance road. I’s clearly a threshold that make us leave behind our usual world and predisposes us to reach a special place.

Once inside, we realized how our daily concerns about schedules and deadlines in the office were fading and becoming the ideal place to have an informal and relaxed meeting with the technicians who visited us that week. Along with a coffee, sitting under the shady canopy of the large trees, conversations went and came across the table.

Later, we could visit the As Salgueiras complex. With the flora, the gentle hills, the streams and the ruins of an ancient village, it all seemed like taken from a fairy tale. But our favorite part was undoubtedly the animals: first of all the pack of dogs that accompanied us frisking and running around us throughout the visit, second the cows and calves, which kept an eye on us all the time with curiosity. But with whom we most enjoyed was with the horses.

In my case, it was the first time I saw horses so close and it took me a while to get close and pet them calmly. Their great size commands respect, making us feel reverence towards those noble animals. You could tell they were used to the contact with other people and that they even enjoyed it, since they left their comfortable shady spot to come and greet us. At one point, when we were caressing the horses, I felt a slight push in the back: it was the donkey, which claimed our attention and seemed to say: “I want too!”.

 

Publicado por Daniel Carvajal

Arquitecto en Galopín Playgrounds

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